Maurizio, lee, un día al azar:
DOMINGO, FEBRERO 24, 2008
LAS EDADES DE LA MUJER
Ha ido haciendo un sábado de misa y contención, de trapos sucios lavándose puertas adentro y de anotaciones humildes y parcas, futuribles. En días así, que se dan a veces, sólo puedo comunicarme con los felinos. Soy incapaz de mirar a los ojos de los hombres. Acudo a unos apuntes de hace tiempo donde se habla de Isabela, una lamia, una consumidora que llegó a devorar varios bebés y que –como buena lamia- gustaba de peinarse a orillas del río. Está también un personaje que le taja las yemas de los dedos a una ciega para que jamás pueda reconocerle. Son escenas de belleza extremada y clásica, muy corriente, que valoro recuperar, instalar en su correspondiente arco, todavía por fortalecer, y secuenciar como historieta. Para que la dibuje otro, uno bueno. Mi respuesta automática al dichoso "qué quieres ser de mayor" fue, desde los cinco o seis años, "dibujante de tebeos". Persuadido por la evidencia, hoy eso es una frustración que acarreo y de mayor me conformo con seguir siendo, sin más, o acaso instalarme como pescadero, algo para lo que quizás todavía estemos a tiempo. Lo habré dicho otras veces porque es algo que siempre me ronda: la reconfortante puerilidad que me invade limpiando pescado no es comparable más que al beber agua a caño, llanamente y a toda gola, o al trastear en según qué genitales frescos. Es una cosa que conlleva el método, una labor aprendida en la que prima la intuición y el buen apetito, una impudicia maravillosa y aromática que probablemente se parezca, también, al tocar de oído. Otro asunto con el que fantaseo es el de comprar un pueblo abandonado con tres casas, iglesia y corral, para de la nada hacerme un feudo e ir poblándolo de animales extraordinarios, mujeres buenas, moluscos y enanos imaginativos, pero eso es algo que, hoy por hoy, me parece más lejano y majadero.
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Pues imagínate así todos los días, qué prosa que tiene Rubén, qué placer encontrarse textos así de hermosos todos los días, el diario de Rubén era para quieroynopuedos como yo un revulsivo, una golosina, yo lo coleccionaba todos los días, era revisar los feeds y encontrarse mariposas mutantes fosforitas entre toneladas de cucarachas. A lo mejor te suena más su anterior blog, Elmisteriodelosintervalosdesilencio. Copio y pego otro texto elegido a boleo con el RePag en el archivo de Word:
12/05/2005 – En un lugar de la mente
Uno de mis dilemas vitales, en cuanto a conducta y eso, digo, suele ser el si currarme mi entierro, para que venga gente a dolerse terriblemente de tanto que se me quería, o el pasar de todo, hablar alto y claro, dar por sentada tanto la vida como el deceso y que se me coman el cuerpo los cuatro colegas de siempre, en un festejo pagano, mientras lo aderezan con otras sustancias al gusto y quizá se cantan unas rancheras chulescas y sentidas. Eso molaría. Para lograr un entierro protocolario basta con ser un pangolín con mucha panoja y haber pagado todas las copas. Para lo otro hay que haber macerado la carne con espirituosos, haber dejado alguna cicatriz y ser un muerto elegante. A mí me gustaría eso, que se me quisiera también como muerto, como se quiere a Mastroiani, por ejemplo.
Se conoce que cuando uno cumple cierta edad, una edad de las llamadas avanzadas, el sistema transige con el crimen y es clemente con el criminal. Que si matas a alguien no te enmarronan, porque se considera que te quedan dos días y que sería despiadado ponerte a la sombra. Hablando de eso con JMB, amigo sexagenario, me contaba que a él le haría gracia matar a un psicólogo o quizás a algún médico de la clínica Puigvert. Sin aspavientos: cuando te pidiera la analítica, sacar una pipa y volarle la tapa de los sesos. Y luego seguir con tus cosas. Las razones no se las he pedido porque no son menester. A esas edades no se trata de juzgar, hay que actuar primero, aunque mi abuela no lo entendería, porque mi abuela es de las que, cuando se despide al teléfono, besa el auricular.
JMB, que era dibujante, dejó hace un tiempo los lápices para dedicarse a la construcción de artefactos mecanizados electroacústicos de absoluta inutilidad. Algo más cercano a la Cría de polvo de Duchamp que a los ready mades de Baargeld. JMB dice que quiere ser un viejo con las pintas de Paul Bowles: traje de hilo color hueso, a medida en Antonio Miró, camisa gris plomo desestructurada, zapanos Gianni Barbato bitono, gafas ahumadas Ferrari y sombrero Panamá color avena. Para eso, me reconocía, hay que ser un viejo muy, muy delgado, por lo que se sometió a una dieta hipocalórica controlada y ya ha perdido unos 22 kilos. Dice que le ha salido un flaco cabrón, un flaco hijodeputa, que se pica, pero yo no me lo creo. JMB me confesó también, en un momento de esos de compartir licores oceánicos, que le gustaría que en su entierro me colgase a su viuda del brazo y, por supuesto, calzase unas gafas negras, impasible el ademán. La lluvia la di por hecha, así que me vi sosteniendo también un paraguas, un señor paraguas.
Pero lo que JMB no sabe es que, si un día se muere antes que yo, me lo comeré, me tiraré a su mujer (si ella quiere, claro) y brindaré por lo mucho que le quiero.
Maricón: que te estoy llamando y comunicas.
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A lo mejor hay a quien le parece una mierda, seguro, pero decidme un blog en el que se deleite tanto hablando por hablar, todos los días, al llegar a casa, con tanta destreza. Yo flipaba. Era un blog para paladear dia a día, que a veces en una misma frase le dabas la razón y a la vez te dejaba así tó loco y no le entendías, o te descolocaba y le quitabas la razón, y luego te evocaba un recuerdo común y al mismo tiempo te abofeteaba con una frase o un requiebro de frase para enmarcar (tiene muchas frases para enmarcar y hacerse camisetas, sobre cine, tías y comics sobre todo), y así todos los días, en total nos dejó unos 200 posts en cada blog (a ojo) antes de borrarlos el tío cabrón y dejarnos con ganas de más. Por no mencionar, más allá de la forma o el estilo, las verdades de barquero que nadie había pensado antes, o las sentencias lapidarias que soltaba, todo esto en una misma frase, antes del punto y siguiente, y seguías leyendo y vuelta a empezar hasta el siguiente punto, venga flow y sabiduría y conocimientos y honestidad y venga textos cotidianos y entrañables, como un loop o como un recopilatorio musical que te sabes. Así todos los días, a veces dos veces al día y a veces te jodes, sólo una vez al mes. Era un placer, Internet era otra cosa con él. No sé si leerlo en libro del tirón es lo mismo, yo creo que se pierden cosas que se entreleían en el momento cuando llegabas a casa cansadete y habías visto en la tele esa noche lo mismo que él, o si llegabas a casa pedo y esas cosas, pero aún así creo que bastará que leas algunas cosas para descubrir que Rubén Lardín escribe como nadie. Ya escriba sobre Juni Ito, o Peckimpah o la regla de su novia, o las tetas de la amiga de su novia, o Ana Rosa Quintana, o el bonobús, o el ponerse el sol, o que te follen porque me lees cotilla de mierda, o la muerte de Charlton Heston, o una peli con ena nos o lo que sea, y todos los días adornado con una foto lardinesca de puta madre, con mucha teta y mucho arte, pero nada más que un diario en realidad, en definitiva. Es obvio que voy borracho y exagero y digo boberías (si lees sólo los extractos de sus textos, que juro que los he puesto a boleo y no los he leído ahora, estoy seguro de que son significativos, porque todos eran extraordinarios), pero cuando Rubén escribía a diario era mucho mejor todo, y llegabas a casa y tenías un texto nuevo de Rubén para cotillear, y siempre esa sensación, yo los coleccionaba siempre, durante cuatro años, y le hacía mucho la pelota y será ignorancia, seguro, pero no conozco ningún blog en el que se dijeran cosas tan chulas, y sin pretenderlo, que era sólo un diario personal. Pego más extractos del primer blog que hizo y dejo de comerle la polla, que estoy castaña, pero conste que es mi mayor fans:
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- Vivir así es morir de amor
No les doy la chapa, liquido este güisquito aguado que les estoy dedicando y me meto en el sobre, pero es que entre unas fotos viejas acabo de ver a A., una amiga que vivía en un piso precioso del centro de Barcelona. Y me he acordado de su bañera. En la bañera de A., un señor había descuartizado a su esposa para luego bajarla a la basura. Por partes, en bolsas, metódicamente, como un caballero español, con el matrimonio bien despiezado. Recuerdo haber contemplado todas las discreciones de aquella bañera como invocando algún vestigio, ante la mirada indulgente de mi anfitriona, que habría asistido más de una vez, seguro, a la morbosidad de las visitas. A mí lo cívico aplicado al crimen siempre me trae a la cabeza la historia de Issei Sagawa, el japonito aquel de metro y medio que en el París de 1981 invitó a su casa a Renée Hartevelt, una compañera de la universidad a la que descerrajó un tiro mientras ella le leía poemas alemanes. Y luego hizo sukiyaki. El sukiyaki es un plato que requiere carne blanca y un manejo artero del corte. Sagawa recomendaba un cuchillo eléctrico fino. Sagawa cocinó a la holandesa, se la zampó, metió las sobras en una maleta y se pasó un par de años a la sombra hasta que se le declaró enajenado. Extraditado a Japón, se dedicó a hacer el gamba en televisiones, a dar charlas por ahí y a participar en alguna que otra película sadomasoquista. En los últimos años ha dicho que los asesinos saben más sobre la importancia de la vida que el resto del mundo. Y añadía que él al menos, basándose en su experiencia, tenía que creerlo así. Sagawa ya no come carne, la tiene prohibida por su diabetes.
En otra foto, junto a la de A., aparece un chavalote cándido y entrañable del que no recuerdo el nombre, un tipo que se fue a Canadá a dar clases de yoga. A los tres meses descubrieron que el amigo no tenía ni la más remota idea de lo que era el yoga y le largaron montándole un pitote, pero para entonces él ya había pagado el alquiler de tres meses.
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- Demos una vuelta o algo
Me llama un colega del alma y me dice que la vida en pareja es clavadita a Alien, que es como un octavo pasajero habitándole a uno las tripas. Y que igual se casa. Lejos de alegrarme -Dios me libre- me he cortado afeitándome, pero bueno, allá cada cual con su madurez. A mí me da mucho por el culo. Espero que al menos no se haga de la tragedia celebración. Me ocurrió lo mismo el año pasado, cuando me enteré de que una pareja a la que tengo especial cariño estaba embarazada. Cuando vi a M., la cría preciosa que tuvieron, me hice polvo porque los bebés humanos me emboban, pero en el fondo me deprimí profundamente y jamás lo superaré. En un viejo artículo sobre el adulterio, decía Umbral que es que en el matrimonio cabe todo, hasta un crimen. “Está muy bien pensado”, añadía el putero. Pero bueno, en fin, dejémoslo. Umbral dice eso pero luego igual te salta con que un beso es una palabra extraña, hija también de la boca pero ajena al vocabulario.
El matrimonio, ya lo decía el filósofo, es un marco para la sexualidad lícita, y también decía que es tránsito y es estado, aunque solemos considerar solamente el estado. Imagino que el trauma es el tránsito, que el estado será una inercia y una repetición. ¡Bah!, yo hoy me voy a comprar tebeos y luego me emborracharé parafraseando al Brando de la foto de anoche: «Santa familia, templo de los buenos ciudadanos, los niños son torturados hasta que confiesan su primera mentira, donde la voluntad se quiebra bajo la represión, donde la libertad es asesinada por el egoísmo. Familia, me dais asco, me cago en todos vosotros, maldita familia…»
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- La esencia de la vida
En tiempos, volviendo a casa solo como una perra tras una infructuosa noche de cacería, el mangonear un periódico recién horneado no es que fuera ni placer ni consuelo, pero cuando a mediodía se despertaba uno con el clavo y sin feedback en el lecho, la prensa del día enseñoreaba un poco el taquillón y el domingo. El OpenCor de aquí abajo va bien para el pan y la leche y el periódico a última hora. El diario, si no hay nada interesante a la vista, lo ojeo en la cola de forma que a la hora de pagar ya lo he hecho mío. Y no lo pago. Lo hago sin querer, pero me pasa a veces. Anoche, en lugar del periódico, me pillé la revista Capital, que es escalofriante pero que por tres leuros incluía el libro ese que Marina Picasso dedicó a su abuelo y que no me atreví a comprar en su momento por algún tipo de pudor que ahora mismo no sé definir. La nietísima, que hoy se dedica a obras humanitarias en Vietnam, dice que su intención no es hablar mal del genio sino exorcizar el viacrucis de su apellido. El resultado es un libro lleno de bilis y reproches, que expone trapos sucios y se cobra odios. Recuerdo haber leído en otra parte aquella anécdota en que Picasso garabateaba el mantel en un restaurante como pago de la cena, y su respuesta cuando el dueño le pedía que lo firmase: “Te estoy pagando la cena, no comprándote el negocio”. La autora confirma que era costumbre del artista pagar con su rúbrica una cuenta de cuarenta comensales, o comprar una casa con lo que él, altanero, definía como “tres mierdas garabateadas por la noche”. Dice Marina Picasso que era imposible formarse en ese entorno, que era difícil respetarse y respetar la vida ante tantas blasfemias. Yo no pongo en duda que sus heridas fueran sangrantes en algún momento, pero quizá le habría bastado con cambiarse el apellido y echar a correr. Digo yo.
Y estaba pensando ahora que por alguna extraña razón los baños de caballeros son más dados a las pintadas y a la expresión en sus paredes, mientras que en los de ellas se dan más encuentros eróticos. Y en lo que decía Ballard de que la psicopatía de las mujeres son los hombres.
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- El tren de la bruja
La tradición circense de Coney Island todavía coletea pero coletea poco. Porque hoy día el monstruo ya casi no es la otredad, que dicen los listos, sino la anomalía propia y asumida, la configuración somática y visceral de cada uno. Qué les voy a contar.
Anoche, como en la conversación de la barra fui testigo de frases como “yo amo la poesía y la mujer me merece mucho respeto” (pronunciada por una mujer), opté por abstraerme del círculo sensible y brindé con mi amigote GO, que me alegró las copas explicándome de nuevo el documental que se podría hacer sobre su barrio. En deconstrucción, sin ser muy original, surgió como el título más adecuado. No les voy a hablar del tipo que se tiró por la ventana y al salir inmune pospuso el suicidio, ni del que veía al fantasma de Cecilia cantándole desde un balcón, ni del felador de la caja de cartón con ranura para monedas. Lo que de verdad me subyugó fue la feria ambulante que solía hacer campamento en el barrio. La atracción favorita de GO era el Soul Drácula, que había tomado su nombre de una canción de Hot Chocolate en boga en los setenta (y de la que trasteando por aquí podrán bajarse una remezcla). GO asistió a la atracción en los primeros noventa, y me contaba que el recorrido era el siguiente: tú le comprabas el tíquet a un señor taquillero, recorrías un pasillo de suelo de gomaespuna en el que había un esqueleto con un fluorescente rojo enganchado en la mano y, en el punto culminante, en un momento dado, un palo surgía tras unas cortinas y te pinchaba. Y te daba el susto padre. Esa era la idea. Funcional. El palo lo manejaba el señor taquillero, que rodeando el chiringuito había corrido más que tú y te estaba esperando. Pero lo maravilloso de la feria aquella es que solía alistar a los freaks entre los lugareños. Eso sí era un avance. Paradojal, pero avance. El barrio daba mucho de sí, y cuando GO y sus colegas descubrieron que el cacareado Niño-cocodrilo del lago Titicaca no era otro que el Cuco, el hermano del Palomero, no dudaron en acudir cada día a su caseta para tirarle piedras y bolsas llenas de arena.
Yo ahora me acabo de enterar de que existen las llamadas supermujeres, las que sufren el síndrome de la triple X (nada que ver con Vin Diesel ni con Private, no empiecen). No sé qué añadir al respecto, pero sí les digo que me estoy leyendo este libro, que está de lo más entretenido y que propone, como en una película primigenia de David Cronenberg, que el futuro ya está aquí, que el hombre, el macho, se encuentra en vías de extinción; y no dejo de repetirme las palabras que el Cuco, embutido en un traje reptílico del todo a cien y sentado en una silla, musitaba a sus amigos vejadores: “Pasad de mí, tíos, pasad de mí que estoy currando”.