A falta de cámara, aporto mi relato 'Filete Dream':
En el colegio, mis compañeros de clase no comprendían que yo era un bistec atrapado en el cuerpo de una pechuga. "Tú eres una pechuga de pollo; naciste pechuga y morirás McNugget", me decía Marta, una zanca de corral repetidora que terminó troceada en un KFC. Las risas, siempre las mismas risas y ese olor a fritanga. Yo era diferente. Nunca desistí y llegué a imprimir imágenes de lustrosos filetes de ternera a tamaño real, para disfrazarme oculto en la huevera del frigorífico en busca de mi propia identidad. Pronto comprendí que mi sueño no se cumpliría jamás, y que estaba condenado a prostituirme para malvivir a cambio de un paupérrimo salario. Comencé a venderme en trocitos para las grandes cadenas de comida rápida: zasca; zasca; zasca, zasca, ZASCA. Ya olía a congelador cuando, de repronto, un niño de cinco años se asfixió al comer un McNugget en el McDonald's de Cuatro Caminos y nada volvería a ser igual. "Debemos detener la plaga del siglo XXI, la esclavitud del siglo XXII, la impudicia del año cero a la izquierda", clamaba la entonces ministra de Igualdad, Falete Conmovedor, en todos los informativos a la hora del almuerzo. Dos meses después, la Policía dio con mi pista y decidí huir sin pensarlo demasiado a quién voy a engañar. "Salga con las manos en alto, le habla por lo bajini la Policía Nacional, pique su ajo muy finito, casi como en los botes esos donde viene preparado, y espárzalo por debajo de la puerta. Ya mismo". En un acto desesperado por salvar mi vida y dictar otra frase asobinada, me arrojé a la calle con mi gato en brazos desde un sexto piso. Amenábar falleció, pero gracias a su mullida mata de pelo conseguí sobrevivir y burlar a los agentes. Corrí más que en toda mi existencia y pude esconderme en un restaurante tailandés; mi cuerpo estaba lleno de mierda pero un cocinero me vio tirado en el suelo y me recogió, aún era aprovechable. Aquella noche, una familia de conquenses cenó Infierno de Ternera.